
Otra noche de cine, otro día más donde me siento a escribir sobre cine, otro momento donde puedo decir algo de lo que veo, siento y experimento frente a una pantalla. Y el camino hacia los Oscars, me lleva a nuevos rumbos constantemente y hoy entre en una historia real, esas que valen la pena ver porque (por lo menos a mí) los finales no siempre son felices, o porque la vida no es color de rosa.
El documental de Van Sant sobre la vida de Harvey Milk, personificado por un sublime Sean Penn, es increiblemente verosimil, es altamente realista y a su vez, tiene ese límite imaginario donde uno desea que algo sea ficción. El mix de material audiovisual de la época, las personificaciones y la ayuda que dieron aquellas personas que conocieron y ayudaron a Milk en su camino hacen esta historia mucho más sólida, mucho más veraz y mucho más genuina, que otras tantas que polulan por ahí.
En la medida que avanzo en las nominaciones, más complejidad encuentro en definir quién puede ser la ganadora (aquí esbocé una largaaa crítica a la academia de Hollywood pero la borré, no merecía estar acá en este momento).
Gus Vant hizo una película diferente, muy entretenida, dramática pero no
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